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miércoles, 27 de mayo de 2015

Asdrúbal Baptista: No hay arreglo social en Venezuela que no pase por el petróleo

Domingo, 24 Mayo 2015 06:00

Asdrúbal Baptista: No hay arreglo social en Venezuela que no pase por el petróleo Featured

Asdrúbal Baptista: No hay arreglo social en Venezuela que no pase por el petróleoFoto: Will Riera
El hombre que más sabe de petróleo en Venezuela lamenta que se haya perdido la última bonanza en satisfacer el consumo creciente de la gente y no en un plan nacional de desarrollo para todos. El problema no es importar, dice, sino qué es lo que se debe importar
Héctor Bujanda.- Asdrúbal Baptista permanece, después de 31 años de docencia, habitando las aulas del IESA con la misma mirada despierta y exigente de aquellos años 80, cuando inició sus novedosas investigaciones sobre el papel que juega el petróleo en la economía venezolana.
En esos bastiones se consagró a la tarea de descifrar, con una lucidez sin precedentes, la naturaleza del colapso económico que se produjo a finales de los años 70 y su letal combinación con la devaluación del Viernes Negro, un coctel que terminó por derrumbar 60 años de estabilidad en Venezuela.
Sin embargo, Asdrúbal Baptista es mucho más que un economista. Su obra es consultada en las mejores universidades del mundo, por los rigurosos aportes hechos a la teoría del capitalismo rentístico, y su visión de la economía no admite celdas, de manera que está imbricada con la historia, la política, la filosofía y la cultura.
¿De qué va hablar Asdrúbal Baptista que no sea de petróleo, de nuestros cíclicos derrumbes y de la posibilidad de utilizarlo, algún día, adecuadamente para bien de todo el país?
Llegó a ser incluso ministro de Cordiplan por 90 días, durante el segundo gobierno de Caldera, momento en que apostó, en nombre del futuro, a recuperar “una nación que no tenía dolientes”.
El próximo 15 de julio presentará una actualización de las Bases Cuantitativas de la Economía Venezolana (1925-2012), una monumental empresa que Baptista desarrolla desde hace varias décadas y que le ha permitido leer al país desde sus cifras menos redondas.
De los resultados del estudio nos regala un adelanto que tiene consecuencias para toda la entrevista. En el año 2008, el de máxima bonanza en el ciclo de gobierno del chavismo, la renta petrolera fue de 1.698 dólares por habitante.
¿Qué significa eso? “Si divides 1.698 dólares entre 4, que es lo que cuesta internacionalmente una hamburguesa de McDonalds, te darás cuenta que puedes usar ese dinero para que cada habitante compre al año 425 hamburguesas, poco más de una por día. En eso, en líneas generales, se ha ido el excedente petrolero de los últimos años. Lamentablemente, una cosa es el crecimiento y otra el desarrollo”. 
2305_Asdrubal_2.jpgFoto: Will Riera. 
-Usted tipificó los efectos de la crisis de los años 80 y 90 como un colapso de nuestro capitalismo rentístico. ¿Estamos padeciendo un nuevo colapso? ¿Cómo describir lo que ocurre?
-En los largos 200 años de vida republicana que tiene Venezuela, puedes encontrarte con dos grandes momentos. Uno que antecede la emergencia económica del petróleo y otro que sigue a esa emergencia. Por decir una referencia histórica: el período que va desde 1920 hasta 1980. Si interpretas ese período con una variable, la del nivel de vida, o con el conjunto de variables que son decisivas para la comprensión de lo económico, si se quiere describir el crecimiento y el desarrollo, tú verás que hay unos 60 años de ascenso vertiginoso. Se le pueden poner otros calificativos para describirlo, pero sencillamente es de un ascenso vertiginoso y aquello, de pronto, se detiene.
-¿1979?, ¿1980?
-No es cuestión de ponerle fecha exacta. El peligro de hablar de un año en específico lleva implícita la tentación de asociarlo con un responsable en particular o con el final de un régimen, que es siempre una forma superficial de ver las cosas. Digamos, todo ocurre a finales de los años 70, que es cuando se despeña la línea de ascenso. Esto significa que la variable del nivel de vida del país, que se mantuvo en ascenso durante 60 años, se detiene para darle paso a otro proceso.
Hay dos grandes preguntas para entender esta dinámica. La primera es sobre el corte de tiempos: de la Venezuela previa a la aparición del petróleo, a la Venezuela ya petrolera. Allí hay un cúmulo de cosas por pensar y reflexionar, que nunca serán superfluas. Pero luego viene la segunda, que tiene que ver con el final de esa larga onda que sostuvo el crecimiento de Venezuela durante 60 años. Y ahí la pregunta sobresale por el poder elemental que tiene en su interior. Lamentablemente, nunca hemos tomado definitiva conciencia, ni histórica, ni en el resto de los órdenes, para enfrentar el desafío que eso implica para el presente.
Con relación a la primera, yo tendría que decir algo como esto: la lucha política más menuda terminó por acallar, para los fines de la conciencia nacional, el gran logro que significaron aquellos 60 años. Es decir, tomo la frase de un celebérrimo foro que hubo en la Universidad Católica, en el año 1965, para evaluar justamente las cuatro o cinco décadas previas que había vivido el país. Y la frase fue más o menos ésta: “todo ha sido un fracaso”.
-¿Una disociación entre el juicio y la realidad de ese período?
-¿Cómo puede haber una discrepancia tan profunda entre lo que, a ojos vista, era la realidad más patente y lo que el pensamiento termina por admitir como realidad? No puedo dejar de repetirlo: la lucha política más menuda, y por menuda quiero decir más insignificante, se las apaña con inmenso éxito para cubrir, con un manto de olvido, o peor, de inexistencia, los logros de aquellos años. La gran lucha de Acción Democrática fue a acabar con lo que dejó Medina Angarita en lo ideológico. Porque el gran logro que muestran esos 60 años tienen que ver con lo hecho en esos dos o tres años de gobierno de Medina. Y cuando digo Medina, no es por reivindicar un nombre sino una estructura que había en torno a estas circunstancias.
.¿El medinismo, la negación del siglo XX?
-Me refiero al medinismo como el conjunto de expresiones de una fuerza. Lamentablemente, nuestra manera tan idiosincrática de ser, siempre apunta a identificar esa fuerza con un hombre de carne y hueso, que en la gran mayoría de las circunstancias es una severa distorsión. Lo cierto es que allí comienza, efectivamente, el largo período de ascenso que el país vivió. El período, dicho sea de paso, en el cual aún estamos inmersos, en el que el Estado, bien en nombre de la Nación o como Gobierno, planta con algún grado de firmeza el hecho central de la vida económica del país, al mantenerse como propietario del recurso petrolero.
Hasta ese momento había sólo afirmaciones circunstanciales: dos líneas en las memorias del Ministro de Fomento, una afirmación de otro hombre como Vicente Lecuna, algunas frases afortunadas, por aquí o por allá, de Don Manuel Egaña. Pero en esos años se plasma la realidad de que el Estado reclama ser propietario de algo que le interesa al mercado mundial. Una propiedad sobre un objeto que no ha dejado nunca de estar en disputa, porque el mercado mundial no admite las propiedades nacionales, admite sólo las privadas. Desde nuestra perspectiva, el meollo de todo el asunto histórico que define a Venezuela es el de un Estado propietario a quien el mercado mundial no reconoce.
Esta fuerte contradicción que aquí se produce es una razón de poderoso movimiento. Pero el planteamiento inicial está allí en los años del medinismo, así que ese es el inmenso logro.
¿AD hizo un esfuerzo por enterrar el mérito del medinismo?
-Se empezó a decir del medinismo “que iba a dar concesiones” y “nosotros irrumpimos contra aquello”. Es decir, eso significa ir contra la cáscara. El problema no eran las concesiones. En ese tiempo ya eran patentes ciertas circunstancias: la Segunda Guerra Mundial, irrumpe la emergencia clara del petróleo como la gran fuente de movimiento de la economía mundial. Es decir, se juntan muchas cosas y Venezuela está impotente y espectadora ante ese paisaje. Y, por tanto, actúa dentro de sus limitadísimas posibilidades.
-¿Estamos hablando de una generación temprana que entendió la complejidad del hecho petrolero?
-Se juntan muchas cosas, pero la fuerza originaria venía de afuera. Lo digo no para desacreditar nuestro mérito, pero parte de la madurez de un país, de su gente, la madurez personal, implica caer en cuenta que hay límites para la acción individual. Lo cierto es que ese tiempo es un tiempo fundacional. Y todo lo demás, lo posterior, va a terminar por ser reacción o contra-reacción. Desde luego, parte del motivo político que animó a Acción Democrática fue negar aquello, pero hacerlo significaba negar todo lo que había acompañado el asunto. Es decir, la explosión productiva que para el país significó la presencia de capitales petroleros, sin parangón hasta entonces.
-¿Lo que adquirió forma con la Ley de Hidrocarburos de 1943?
-Una estructura inmóvil, como lo era la sociedad venezolana, en términos de sus capacidades productivas, un buen día tiene una explosión en su interior que termina alargándose durante 60 años continuos de extracción. Eso es lo que no se le reconoce al medinismo y, por tanto, predomina el “se entregó el país al capital extranjero”. Todo aquello se adueña del espíritu político, del espíritu científico y termina entonces acallando lo que fue la historia más viva que el país pudo tener, y más exitosa, en muchos sentidos.
Venezuela era un país rural en 1920. En los 60 ya es un país casi urbanizado. Si tú le añades al gran logro de Acción Democrática, que fue negar el medinismo, el gran logro de la presente ideología dominante, que es negar también aquello, pues tienes, entonces, dos capas de concreto gigantescas sobre la historia de Venezuela. ¿Cómo las levantas?
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Foto: Will Riera
-¿Este siglo se ha levantado negando el siglo XX?
-Es como si viviéramos no solamente negándolo, sino admitiendo que no ha debido existir, que es una aseveración mucho más radical. La pregunta necesaria entonces es ¿qué sucedió? El país estaba nadando en recursos, se nacionalizó el petróleo y presuntamente se había cumplido un anhelo. Anda tú a saber si eso era un anhelo. El hecho es que en medio de un país nadando en petróleo, se produce una caída. Como si el fuelle se hubiera extenuado.
-¿Una caída de la inversión pública?
-De la inversión en general. De allí que yo utilizara la palabra “colapso”, y la utilicé con la conciencia de que es una palabra polisémica y por lo tanto corría el riesgo de que se me perdiera el verdadero sentido. Pero bueno, lo hice por allá en los años 80 y lo reiteré en 1997, cuando salió mi libro Teoría Económica del Capitalismo Rentístico. La palabra “colapso” no era una cosa distinta al entrabamiento de los circuitos primordiales de la acumulación de capital, que es el corazón de la dinámica capitalista. El fenómeno no se produjo por malas intenciones, no “es que se robaron los reales”. Los mecanismos estaban entrabados y eso se manifestó en que la inversión se vino en picada.
-¿Había mucho dinero pero se gastaba en demandas sociales, institucionales y burocráticas, y eso mermó la capacidad de inversión del Estado?
-A finales de los años 70, el acontecimiento económico es de otra índole. Esos componentes que mencionas estaban presentes pero no eran determinantes. Simplemente, todo concluye en la mitad del auge, con un mercado doméstico que había crecido enormemente, con unas posibilidades económicas de aprovechamiento de la acumulación. Todo termina en que aquello no tiene salida al mercado. No tiene salida y esto, circunstancialmente, coincide con el colapso cambiario del año 1983, que rompe con 50 años de estabilidad monetaria.
Se contó la historia, entonces, de que hubo un “festincito” a cuenta del régimen cambiario. Que es la manera como nos sacudimos siempre el asunto, por el lado del festín y del aprovechamiento. Nunca le quitaría importancia, obviamente la tiene. Pero mi tema es ver lo que esto significó, cuáles fueron las consecuencias y tratar entonces, a partir de allí, de engranar el problema con el tema cambiario, que nunca había estado así. Aquella cuestión provocó naturales desarreglos, pero aún quedaba en Venezuela una inmensa capacidad acumulada para producir. Ese es el meollo de aquel colapso. No se invierte porque ya se invirtió. Y hay muchísimo que aprovechar, pero no había posibilidad de aprovecharlo.
Es una mescolanza de efectos que termina entonces produciendo que la inversión, en un momento dado, se paralice. Y empieza a caer, junto con un salario real que había sido fuente primordial de la demanda. Y todo aquello, a la postre, se manifiesta en que la economía deja de expandirse porque los circuitos están entrabados. Eso es lo que se ve a finales de los años 80 y lo que me lleva a asumir la muy circunstancial posición política que tuve. Desde luego, aquello se veía y al mismo tiempo no se veía. Mi muy dolorosa experiencia es que no se veía. Y todo eso tiene manifestaciones que te las puedo poner muy gráficamente: Venezuela tenía, a finales de los 80 y mediados de los 90, el doble de capacidad para generar electricidad de la que el país requería. La acumulación de capitales, para generar electricidad, fue de tal magnitud que uno no puede sino quedarse perplejo. Eso se repitió en todo el espectro de la vida productiva del país.
-¿Pero la sociedad no podía acompañar ese proceso por su bajo nivel de consumo?
-Todo aquello era capacidad por aprovechar. La salida al mercado externo hubiera podido ser una opción. Es decir: ¿estas capacidades por qué no se desahogan hacia afuera?
-¿Con el contexto actual de integración regional, se habría avanzado?
-Por supuesto. En aquel momento teníamos posibilidades de aprovechamiento y no se aprovecharon. Y para hacer las cosas aún más complicadas, buena parte de ese capital acumulado, esencialmente privado, termina haciéndose obsoleto muy pronto, por la onda tecnológica tan poderosa que termina dominando el mercado mundial. Es un cúmulo de hechos que provocan una situación muy difícil de vencer.
-¿Por qué el ajuste económico, en esas circunstancias, no se hizo adecuadamente, a pesar que había una nueva generación de economistas en el poder, con otra mentalidad y otras premisas?
-Ese fue el gran tema que me llevó a una posición circunstancial de gobierno. ¿Qué termina, como elemento de juicio, faltando en estos esquemas que se incorporan y que están llenos de una vitalidad propia de la que el mercado mundial trae consigo? ¿Qué no estaba presente en los nuevos enfoques? El petróleo. El petróleo no forma parte de estos nuevos arreglos que van ocurriendo en esos años. La dinámica del petróleo, desde la nacionalización hasta muy avanzado el tiempo, más allá de las afirmaciones usuales, con tono exhortatorio, con esas consignas del tipo “somos la mayor empresa del mundo”, no termina de generar una práctica política ajustada a su dinámica, no la tuvimos.
Con los lineamientos del Gran Viraje, el programa de gobierno del segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, y que se le entregan al país en 1989, habría que preguntarse ¿dónde está el petróleo? No lo vas a conseguir, como si no fuera importante.
-¿Como si el ímpetu por establecer nuevas reglas adaptadas a las demandas del mercado mundial, de apertura, de competitividad, de economía privada pudiese concebirse sin una adecuada estrategia petrolera?
-El mercado mundial está presente aquí, nunca ha dejado de estarlo, a cuenta del petróleo. No es por lo privado, olvídate de eso.
-¿Un olvido premeditado?
-No, tampoco. Estas cosas tan importantes no se pueden premeditar.
-Entonces, ¿qué ocurrió?
-Aquí no han existido segundas intenciones. Se trata de fuerzas históricas, llamarlas así no es por el interés de querer objetivizarlas. Eso tiene su explicación. El mercado mundial tiene interés en Venezuela y tiene que tenerlo porque Venezuela es poseedora de un objeto que a él le interesa. Y al reclamar Venezuela que eso es de ella, con la nacionalización, nos está poniendo una barrera para surtir con fluidez. De manera que, o nosotros, con mucha fuerza, aclaramos esto, desde la posición que ocupamos, o simplemente estamos ignorando lo fundamental de nuestra realidad.
2305_Asdrubal_4.jpgFoto: Will Riera. 
-¿Eso tuvo unas consecuencias?
-Bueno, a fin de cuentas, decisivas. Los últimos años son incomprensibles al margen de haberse ignorado aquello.
-¿Con consecuencias para los arreglos sociales que se produjeron a partir de 1999?
-Obviamente. Y si yo tuviera, porque es inevitable hablar de estos años, que resumir en algunas pocas ideas, las dominantes, lo que han significado, yo diría que el grado de conciencia colectiva en relación con la importancia del petróleo es hoy muchísimo mayor de lo que era hace veinte años.
Tú dirás, “eso es muy poca cosa”. No. En la vida histórica de los pueblos, las “pocas cosas” terminan siendo muy importantes. De manera que cualquier arreglo que el país tenga hacia adelante, inevitablemente, no puede separarse del tema petrolero, como no debió separarse nunca.
-Sin embargo hay grandes esfuerzos intelectuales que, ante el presente de los nuevos arreglos sociales, ha optado por intentar restaurar el pasado.
-Volver al pasado, como muy bien lo planteas, pero viéndolo como un pasado idílico, es una reacción quizás de la misma naturaleza que la reacción de negar todo los grandes logros del siglo XX, como ha hecho la ideología dominante. Porque idílico nunca fue, las contradicciones eran poderosísimas, muy vivas. Estaban acalladas, las circunstancias lo permitían, había arreglos que acallaban las contradicciones, pero allí estaban.
El petróleo se nacionaliza en 1976. ¿Estuvo eso en la campaña electoral de Carlos Andrés Pérez? Yo le diría a cualquiera de los que están en eso de restaurar el pasado: “revise usted estrictamente la prensa de la época, métase en los noticieros periodísticos que daban información de todo aquello, lea los programas de gobierno. Ese no era un tema.
-¿La nacionalización fue un conejo que se sacaron del sombrero?
-Eso no lo tenía el país planteado. La distancia temporal es tan breve entre aquello y esto, que decir que eso pasó hace 40 años es no tener conciencia de cuáles son las dimensiones históricas que, en última instancia, mueven a los pueblos. No estaba el tema para la discusión, como si la nacionalización hubiera, sencillamente, sobrevenido. Como si hubiera ocurrido al margen de la voluntad del pueblo.
-¿Se acaban, con la nacionalización, las tensiones entre el mercado mundial y el estado nacional?
-Nada que ver. Lamentablemente, estas tensiones están presentes en cada intersticio de la vida del país. De las maneras más complejas, más enrevesadas. Porque los verdaderos disparos no son nunca de frente: son disparos que vienen de alguien que está ingeniándoselas para que la bala tenga un movimiento circular.
-¿En los asuntos del petróleo bueno es el “western espagueti”?
-Así es. Voy a contar una anécdota: yo volvía en el avión con el presidente Caldera de la Asamblea de Fedecámaras, que se celebró en julio de 1993, en Maracaibo. Estábamos en plena campaña electoral. La conversación se tornó jovial, hablábamos con cierto grado de confianza. En algún momento dado, el diálogo se desvió hacia el petróleo ¿de qué otra cosa puedo yo hablar si no es de petróleo? Y el presidente Caldera me sugiere ”ya veremos qué hacemos con el petróleo, pero eso no es lo decisivo, Asdrúbal”.
-¿Cuántos meses estuvo como ministro de Cordiplan?
-Yo duré tres meses.
-Caramba.
-Rápidamente me di cuenta de que ahí no cabía. Para mí, el diálogo en ese avión, que había ocurrido meses antes de que ganara las elecciones el presidente Caldera, fue el supremo pitazo. El petróleo, a decir verdad, no estuvo presente en los años 80 ni a comienzos de los 90. No estuvo presente durante el gobierno de Caldera, tampoco cuando el Presidente Chávez llega al poder. Se le hace presente el asunto entre 2002 y 2003, y eso marca en muchos sentidos lo que será su propio gobierno.
-¿Hasta que se inició el alza de los precios?
-También subió de precio en 1957 y subió, muy importante, en el año 1964, pero cayó brutalmente en 1986, porque así como sube, el petróleo baja. Para nosotros el petróleo siempre ha sido algo como que estuviera al margen. Resulta que ya no puede estar al margen.
-Hace un momento dijo que sabemos hoy más de petróleo que hace veinte años. ¿Eso nos hace mejores para enfrentar lo que viene?
-Yo no sé si sabemos más. Pero sabemos, que ya es mucho, que el petróleo está ahí y no va a dejar de estarlo. Y que el petróleo tiene consecuencias. Es decir, cada uno de estos varados venezolanos que se fueron al extranjero con su tarjeta de crédito, pensando que iban a volver, saben que están varados no por ninguna mala voluntad de alguien que los mandó afuera para que pasaran el mal rato. Están varados porque hay algo que está vinculado, por muy complejo que sea, al tema petrolero que desemboca en que tu tarjeta de crédito sirva o no sirva en el exterior.
Déjame acompañarte esta reflexión con otra anécdota. Yo entré al IESA en el año 1984, en pleno colapso cambiario, que fue un auténtico terremoto. Eso sí fue un mazazo en el sentido pleno de la palabra. Cincuenta años de absoluta estabilidad se hicieron añicos. Bueno, yo entro al IESA el 15 de abril. Mi entrada coincidió con una conferencia que me tocó dar en el auditorio.
¿De qué podía yo hablar que no fuera de petróleo y de los desequilibrios existentes en el país? Lo cierto es que termina aquello y subo al despacho del director académico de entonces, Moisés Naím, que estaba comenzando a dar sus primeros pasos en el nuevo IESA y ya su talento y su visión, para qué ponderarlo, estaban presentes. Pero me hizo una pregunta paralela exactamente a la que me hizo Rafael Caldera, diez años después: “¿Por qué hablaste de petróleo?” (Risas)
2305_Asdrubal_5.jpgFoto: Will Riera. 
-El chavismo tuvo también su bonanza
-Más allá de las comparaciones, lo cierto es que estos años fueron de inmensos recursos. El petróleo llegó a estar en 150 dólares el barril, el 14 de julio de 2008. ¿No te da una idea? Había estado en 1,69 en 1968, el precio más bajo en la historia. ¿Pero se tiene el petróleo colocado en toda su multidimensionalidad? Que es económica, obviamente, pero también política, porque eso determina las relaciones del Estado con los ciudadanos, o determina en gran medida el excedente nacional y, obviamente, todo se traduce en un arreglo social.
En las complejísimas circunstancias de hoy, preguntarse por el país y sus próximos años, es preguntarse por los arreglos que se hacen con el petróleo.
-Los arreglos sociales que produce la renta petrolera
-La palabra renta yo no la he vuelto a utilizar. Yo la usé y de repente se te va de las manos, de manera que, a cuenta de la riquísima polisemia que ella lleva consigo, pues hoy se usa en expresiones con las cuales no me siento para nada cómodo.
Esta palabra, treinta años después de utilizarla, termina en los usos normales de la vida social, en apelaciones como “hay que superar el rentismo”. El rentismo termina siendo entonces una actitud que se aprecia como inadecuada, como impropia, no cónsona ni calzante con lo que debieran ser las cosas: como la negación del deber ser. No puedo repetir una definición de esta naturaleza porque no tiene sentido.
¿Qué es la renta? La remuneración que, como propietario de un medio de producción no producido, de un recurso natural, se obtiene por el hecho mismo de su propiedad. Es el ejercicio nulo y simple de la propiedad. Tú le cobras al mercado mundial por esto. Para ir al punto: el mercado mundial te lo paga, te lo paga en capacidad de compra mundial. ¿Y en qué se expresa la capacidad de compra del mercado mundial? Visto con ojos nacionales: en la capacidad de importar. No hay otra cosa qué hacer. Otra pregunta sería ¿qué se va a importar? ¿Qué se puede hacer con la renta internacional del petróleo?
-Ya lo dijo, importar.
-Nada más.
-¿Por qué?
-Porque la renta es capacidad de compra internacional.
-¿Es tan difícil hacer un programa económico que en vez de exacerbar la importación, y con ello satisfacer las demandas de consumo de la población, también promueva la producción nacional?
-Entonces importas maquinarias, tecnología o importas sabios, pero tienes que importar. No hay manera, sin importar. Puedes hacer la segunda cosa: “Yo no importo bienes, importo papeles de negocios” y todo lo dejas afuera. Estás importando de todas formas. Es que no hay opción para una economía rentista sino importar. De manera que toda política económica comienza con la aceptación de esta premisa de las premisas.
-El ciclo del chavismo se ha basado en esa premisa. Utilizar la renta para importar y materializar, de esa forma, una idea de redistribución económica. ¿Qué hubiera importado, si le habría tocado ser el Ministro de Planificación de Chávez?
-Me estas planteando dos preguntas y me voy a quedar con la primera. Igual fue el auge de Pérez Jiménez, ¡cómo crecieron las importaciones! Mira el auge de Carlos Andrés Pérez y también en ese momento crecieron las importaciones. El auge de López Contreras, ¡cómo crecieron! La renta internacional del petróleo, encausada en la propiedad que el Estado o la nación establece sobre un recurso natural, no es otra cosa distinta que un derecho a importar. Punto. Esto es incontrovertible.
¿Qué debemos importar? Ese es otro asunto. Ahí entramos entonces en temas como: ¿tú vas a distribuir esa renta? ¿Cómo lo vas a hacer? ¿Tú vas a dejar esa renta para futuras generaciones o la vas a utilizar para el presente? ¿Tú la vas a utilizar en la creación de bienes colectivos o vas a incitar el uso individual de la renta? Es un abanico de preguntas que surgen de la primera. Dejemos eso para otra oportunidad.
-¿No cree que debo preguntarle por su balance de todo esto?
-No hay duda que este gobierno puso su acento en la distribución popular de la renta. A diferencia de los gobiernos de los 80 y de los 90. Pero eso pasa por el espinosísimo tema de la tasa de cambio. Una expresión de la orientación popular de la distribución de la renta es el dislocamiento de la tasa de cambio.
-Haberla mantenido sobrevaluada
-Largamente. Tan largamente, que finalmente pierdes todo norte, toda posibilidad de equilibrio. Pero aquí ha habido controles de cambio. Un control en los 60, otro entre 1983 y 1989, uno entre 1994-1998. Déjame tomar los tres casos. 1960-1964: entre el tipo de cambio libre y el tipo de cambio controlado, la diferencia era 1,60 a 1. En tiempos de Lusinchi, eso llegó a ser 2 a 1. Lo mismo cuando Caldera: 440 bolívares el libre y 240 el oficial.
El control de cambio actual se fue de los límites conocidos. No hay duda, se le puso un acento a la distribución popular. Y digo “popular” en el sentido de que quienes usufructuaban la renta eran todas las personas que tenían acceso a bienes importados o viajaban. No estoy describiendo lo popular como “los otros”, porque allí participábamos todos.
-La clase media, la clase alta, el viaje, el cupo Cadivi…
-Absolutamente. Pero el grado en que eso se hizo llegó a un punto en el cual las discrepancias que te he puesto de manifiesto, simplemente, se hicieron añicos. Es la perplejidad: cuando tú dices que hay mercancías que se pagan a 6,30 o a 11 bolívares y mercancías que se van a pagar a 400, tú me dirás de qué estamos hablando.
2305_Asdrubal_6.jpgFoto: Will Riera. 
-¿Cree usted que PDVSA, siendo la savia de la economía, debe dedicarse a producir alimentos, viviendas, casas?
-En la misma pregunta está la respuesta. Eso es definición política del petróleo. Sobre eso hay que políticamente discernir. Y desde luego, hay una pregunta sobre ésta, que mucha gente tiene planteada en sus mentes, pero no la verbaliza quizá porque no tiene las herramientas conceptuales para hacerla, más allá de una noción vaga: ¿debe ser el petróleo del Estado, o debe ser un bien libre, que el mercado mundial aproveche?
-¿Su perspectiva en este caso?
-El mercado mundial no duerme. Los venezolanos dormimos.
-Una cosa es redistribuir masivamente la renta y otra construir el socialismo reorientando medios y fuerzas productivas.
-Una cosa es el crecimiento económico y otra el desarrollo económico. El desarrollo le pertenece a la sociedad, el crecimiento le pertenece a cada individuo. Es decir, el crecimiento supone facilidades materiales, elementos que facilitan la vida, que la hacen más llevadera. El desarrollo es un resultado colectivo, social.
Yo logro ver, en los grandes lineamientos del gobierno, un énfasis en poner atención al desarrollo de la sociedad. Terminó todo, quizás no todo, terminó buena parte del esfuerzo del desarrollo en crecer, y aquí es donde el petróleo entraba. ¿Dónde y cuándo divergieron los caminos? No importa. Ya el país creció, no dejó de desarrollarse, pero el desarrollo es un determinado desarrollo, porque estaba prefigurado, en su interior, por profundas desarmonías.
El excedente del petróleo, el excedente rentístico, no lo generamos los venezolanos. Lo cobramos con cargo a la propiedad. Entonces, la propiedad sobre el recurso es una idea que está ausente. Ausente en los unos y ausente en los otros. En los más y en los menos. Esta relación que pone el excedente en el mercado mundial, con cargo a un hecho nacional, es de una complejidad. Y, sin embargo, lo que no está claro en las técnicas políticas de ocasión, es cómo utilizar el excedente como punto de partida.
-¿Se pretende usarlo para construir el socialismo?
-Esa dinámica no puede sino partir de un punto que hoy es el que tenemos. Ese excedente es internacional y capitalista. De modo que tú vas a hacer algo, si está en tú mente, que es transformar un excedente capitalista en un ingreso no capitalista. Entonces me tendrás que decir cómo lo vas a hacer, para yo poder entenderlo. Porque yo vivo de la realidad y de lo que ella me nutre. Mis prédicas y fantasías, gozos y delirios políticos me los callo. Les concedo toda la importancia, y quizás hago mal en llamarlos delirios, pero necesito mantener mis pies sobre la tierra.
-¿El socialismo, entonces, es un delirio?
-Yo no lo entiendo. Es decir, ahí hay un camino que no se ha trillado, pero que no significa que no existe. Tienes que tener conciencia del grado de contradicción que esa idea tiene. Es decir, el ingreso es naturalmente capitalista. Allí viene el cúmulo de problemas que surgen por plantear esto en ese terreno. La naturaleza del ingreso rentístico ya, de suyo, se afectaría si en lugar de hacer bienes privados a los cuales se los haga equivalentes en esa capacidad de importar, sean esencialmente bienes públicos.
-¿El proyecto parte de un gigantesco malentendido?
-Hay un malentendido desde el comienzo. Tú tienes que generar la renta, tienes que generar excedentes nacionales y ahora socialistas para que funcione la dinámica.
-¿Y eso cómo se logra?
-Tengo que esperar a que suceda para poder decirlo.
-¿El país está para esperar ese momento?
-No lo sé. El modelo se agotó hace muchísimos años. El rentismo en esta sociedad se agotó. Para mí, eso no es una novedad. Lo que sucede es que a uno se le mezclan, inevitablemente, los lapsos personales con los históricos. Cuarenta o cincuenta años no es nada en la vida de un país.
-¿Esto se debate?
-El grado de polémica sobre el país y su destino es de una animosidad tal, que estamos atrapados en el mismo meollo. Es decir, el desarrollo es una cosa. La renta sirve para el desarrollo. La renta, hoy, no sirve para el crecimiento. Cuando yo hablo de colapso, estoy hablando de lo económico, en el sentido del crecimiento: si algo ha puesto de manifiesto la renta, en estos años, es la posibilidad del desarrollo. Tenemos, entonces, que definir. ¿Esto va a ser un desarrollo parcial, para unos? ¿Los otros quedarán excluidos, porque simplemente son mis enemigos? ¿No hago nuevas autopistas porque por ahí van los carros de los ricos?
Nosotros, con la renta del petróleo, no vamos a tener fuerza para crecer. Pero el desarrollo es otra cosa, porque entra en los fines de la naturaleza cualitativa y política: allí la renta tiene un enorme peso porque es un punto de partida que no toda sociedad tiene.
-¿Llegó el momento de pensar en un desarrollo compartido?
-Por primera vez podemos aprovechar el petróleo, tenemos una masa gigantesca de recursos, pero no es para crecer. Es para desarrollarlo.
-¿En qué punto de la escala estamos?
-Este es un país muy desarrollado.
-¿Si?
-¡Pero, por favor! Muy desarrollado, tú vas a otras sociedades y te das cuenta que aquí hay desarrollo. Ha habido desarrollo. Es que todo eso es parte de la tragedia de la negación del pasado, por eso la herencia del desarrollo no la podemos cosechar. Y la necesitamos cosechar. Para eso tienes que hablar de lo grande que fue el gobierno de Juan Vicente Gómez, que centralizó el poder político. No hay desarrollo, si el poder político no está centralizado. El grado de urbanización que significó la incorporación del país a patrones de vida modernos, en el período de Pérez Jiménez, terminó por destilar desarrollo. Pero entonces, se ha tratado de arrancar desde cero.
-En la Faja del Orinoco estarán las mayores reservas del mundo, pero hasta ahora no se ven los dividendos. ¿El esquema de las alianzas funciona?
- Venezuela sola, no puede. Fíjate, una idea que no te la he mencionado e importa como ninguna, porque, en última instancia, es una herencia funesta del “rentismo” en su peor condición. El venezolano promedio no tiene ninguna idea de que sacar el petróleo cuesta. Hay un costo asociado a cada barril. De eso no se tiene idea. Ya eso sería una tarea tremenda, de educación formal. Siempre hablamos de lo que nos va a dar el petróleo, muy bien, una forma de escabullir la realidad. Pero a la hora de la chiquita, cuesta. ¿Cómo afrontamos eso? Porque los recursos que vamos a meter allí, quizás, se lo estás quitando al desarrollo social.
-Hay una estimación de que 60% del financiamiento de los chinos a Venezuela ha ido a parar a la Faja.
-Es posible que sí.
-Es decir, que hasta el Fondo Chino ha ido a parar al lugar que demanda el mercado mundial.
-El petróleo cuesta, y va a costar cada vez más. Nosotros tenemos la necesidad imperativa de tener una conciencia cabal sobre su potencial. No la tenemos.
-¿Podemos hablar de un legado del chavismo?
-No hay mayor legado que un pasado pueda dejar, que unas buenas preguntas. Eso es lo que hace inmenso a Aristóteles. Eso es lo que hace gigantesco a Hegel. Eso es lo que nos obliga, a los que venimos atrás, a decir, caramba, Heidegger nos atiborró de preguntas. ¿Cuáles son las grandes preguntas que para todos los fines, del tiempo que me toca vivir y hacia delante, son importantes? Primero: ¿puedes mantener como elemento central de la política la relación amigo-enemigo, en el sentido de enemistad profunda, de polémica, sin al mismo tiempo arriesgarte a que se te devuelva eso, entonces termines siendo presa de tu mismo sembradío? En otras palabras, la cuestión constitutiva de la nación venezolana, como sociedad política, está planteada como nunca antes.
Esta interrogante queda como legado. También el discernir que una cosa es el desarrollo y otra el crecimiento. Y, por último, hoy tenemos la posibilidad de hablar del petróleo. Hablar del petróleo con un grado de conocimiento que no teníamos hace unos años. Terminará siendo un tema, y esto lo voy a decir con todo respeto, que probablemente no será para las multitudes. Aquí la conducción política tiene que ejercitar su mejor criterio, para que el hecho de que no se sea para las multitudes, no signifique excluir a las personas de las consecuencias del conocimiento y de sus decisiones. Pero eso le corresponde hacerlo al genio político, del cual, como de ningún otro genio, yo no participo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

La reestructuración capitalista y el sistema-mundo - Immanuel Wallerstein (1997)


© Immanuel Wallerstein 1997. (Iwaller@binghamton.edu)

[Conferencia magistral en el XX° Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, México, 2 al 6 de octubre de 1995]

Celebramos el XX° Congreso de ALAS y discutimos las perspectivas de la reconstrucción de la América Latina y del Caribe. No es un tema nuevo. Se lo discute en América Latina desde 1945, si no desde el siglo XVIII. ¿Qué podemos decir ahora que sea diferente de lo que ya se ha dicho?

Creo que nos encontramos en un momento de bifurcación fundamental en el desarrollo del sistema-mundo. Pienso que, no obstante, lo discutimos como si se tratara de una transición ordinaria en el cauce de una evolución cuasi-predestinada. Lo que debemos hacer es "impensar" no sólo el desarrollismo neoclásico tradicional, sino también el desarrollismo de sus críticos de izquierda, cuyas tesis resurgen regularmente a pesar de todos sus rechazos, pero que en realidad comparten la misma epistemología.

Yo voy elaborar dos tesis principales en esta ponencia. Tesis No. 1: Es absolutamente imposible que América Latina se desarrolle, no importa cuales sean las políticas gubernamentales, porque lo que se desarrolla no son los países. Lo que se desarrolla es únicamente la economía-mundo capitalista y esta economía-mundo es de naturaleza polarizadora. Tesis No. 2: La economía-mundo capitalista se desarrolla con tanto éxito que se está destruyendo y por lo cual nos hallamos frente a una bifurcación histórica que señala la desintegración de este sistema-mundo, sin que se nos ofrezca ninguna garantía de mejoramiento de nuestra existencia social. A pesar de todo, pienso que les traigo a Vds. un mensaje de esperanza. Veamos.

Empecemos con la Tesis No. 1. Las fuerzas dominantes del sistema-mundo han sostenido, desde por lo menos los comienzos del siglo XIX, que el desarrollo económico fue un proceso muy natural, que todo lo que se requiere para realizarlo es liberar las fuerzas de producción y permitir a los elementos capitalistas crecer rápidamente, sin impedimentos. Evidentemente, también fue esencial la voluntad. Cuando el estado francés empezaba a reconstruir la vida económica de sus colonias a principios del siglo XX, se llamaba a esta política "la mise en valeur des territoires" ("la valorización de los territorios"). Eso lo dice todo. Antes los territorios no valían nada, y luego (con el desarrollo impuesto por los franceses) valen algo.

Desde 1945, la situación geopolítica cambiaba fundamentalmente con el alcance político del mundo non- "europeo" o non-occidental. Políticamente el mundo no occidental se dividía en dos sectores, el bloque comunista (dicho socialista) y el otro denominado el Tercer Mundo. Desde el punto de vista del Occidente, y evidentemente sobre todo de los Estados Unidos, el bloque comunista fue dejado a su propia cuenta, para que sobreviviera económicamente como pudiera. Y este bloque eligió un programa estatal de industrialización rápida con el objetivo de "superar" al Occidente. Jruschov prometía "enterrar" a los Estados Unidos en el año 2000.

La situación en el Tercer Mundo fue bastante diferente. En los primeros años después de 1945, los Estados Unidos concentró todos sus esfuerzos en ayudar a Europa occidental y al Japón a "reconstruirse." Al principio, ignoró largamente al Tercer Mundo, con la excepción parcial de la América Latina, campo de preferencia para los Estados Unidos desde largo tiempo antes. Lo que predicaba los Estados Unidos en América Latina era la tradicional canción neoclásica: abrir las fronteras económicas, permitir la inversión extranjera, crear la infraestructura necesaria para fomentar el desarrollo, concentrarse en las actividades para las cuales tienen estos países una "ventaja comparativa." Una nueva literatura científica comenzaba a aparecer en los Estados Unidos sobre el "problema" del desarrollo de los países subdesarrollados.

Los intelectuales de la América Latina fueron muy recalcitrantes a esta prédica. Reaccionaron bastante ferozmente. La primera reacción importante fue la de la nueva institución internacional, la CEPAL, presidida por Raúl Prebisch, cuya creación misma fue contestada enérgicamente por el gobierno estadounidense. La CEPAL negaba los beneficios de una política económica de fronteras abiertas y afirmaba en contra un rol regulador de los gobiernos a fin de reestructurar las economías nacionales. La recomendación principal fue la de promover la sustitución de importaciones por la protección de las industrias nacientes, una política ampliamente adoptada. Cuando resumimos las acciones sugeridas por la CEPAL, vemos que lo esencial fue que si el Estado seguía una política sabia podría asegurar el desarrollo nacional y, en consecuencia, un aumento serio en el producto nacional bruto per cápita.

Hasta cierto punto, las recomendaciones de CEPAL fueron seguidas por los gobiernos latinoamericanos y efectivamente hubo una mejoría económica, aunque limitada, en los años cincuenta y sesenta. Sabemos ahora que esta mejoría no perduró y fue, en primer término, consecuencia de la tendencia general de las actividades económicas a nivel mundial en un período Kondratieff-A. En todo caso, la mejora de la situación media en América Latina parecía insignificante para la mayoría de los intelectuales latinoamericanos que decidieron radicalizar el lenguaje y los análisis de la CEPAL. Hemos llegado a la época de los dependentistas, primera versión (entre otros Dos Santos, Marini, Caputo, Cardoso de los años 60, y Frank, lo mismo que Amin fuera de América Latina).

Los dependentistas pensaban que tanto los análisis como los remedios preconizados por la CEPAL eran muy tímidos. De un lado, pensaban que para desarrollarse, los gobiernos de los países periféricos deberían ir mucho más allá de una simple sustitución de importaciones; deberían, en las palabras de Amin, desconectarse definitivamente de la economía-mundo capitalista (según, implícitamente, el modelo de los países comunistas).

De otro lado, los análisis de los dependentistas fueron mucho más políticos. Incorporaron a sus razonamientos las situaciones políticas presentes en cada país y en el sistema-mundo. Consideraban en consecuencia las alianzas existentes y potenciales y en fin los obstáculos efectivos a una restructuración económica. Por supuesto, aceptaban que el rol de las sociedades transnacionales, de los gobiernos occidentales, del FMI, del Banco Mundial y todos los otros esfuerzos imperialistas, eran negativos y nefastos. Pero, al mismo tiempo, y con una pasión igual, si no más vigorosa, atacaban a los partidos comunistas latinoamericanos y detrás de ellos a la Unión Soviética. Dijeron que la política abogada por estos partidos, una alianza entre los partidos socialistas y los elementos progresistas de la burguesía, equivalía a fin de cuentas a las recomendaciones de los imperialistas, de un reforzamiento del rol político y social de las clases medias, y una tal política no podría lograr una revolución popular. En suma, eso no era ni revolucionario, ni eficaz, si el objetivo era una transformación social profunda.

Los dependentistas escribían en un momento de euforia de la izquierda mundial: la época del Che y del foquismo, de la revolución mundial de 1968, de la victoria de los vietnamitas, de un Maoismo furioso que se expandía a prisa a través del mundo. Pero el Oriente no era ya tan rojo como se proclamaba. Todo eso no tomaba en consideración los comienzos de una fase Kondratieff-B. O mejor dicho, la izquierda latinoamericana y mundial pensaba que el impacto de un estancamiento de la economía-mundo afectaría en primer lugar las instituciones políticas y económicas que sostienen el sistema capitalista. En realidad, el impacto más inmediato fue sobre los gobiernos llamados revolucionarios en el Tercer Mundo y en el bloque comunista. Desde los años setenta, todos estos gobiernos se hallaron en dificultades económicas y presupuestarias enormes que no podían resolver, inclusive parcialmente, sin comprometer sus políticas estatales tan publicitadas y sus retóricas tan acariciadas. Comenzaba el repliegue generalizado.

A nivel intelectual fue introducido el tema del desarrollo dependiente (Cardoso de los años 70 y otros). Es decir, un poco de paciencia, compañeros; un poco de sabiduría en la manipulación del sistema existente, y podremos hallar algunas posibilidades intermedias que son al menos un paso en la buena dirección. El mundo científico y periodístico iniciaba el concepto de los NICs (New Industrial Countries). Y los NICs eran propuestos como los modelos a imitar.

Con el estancamiento mundial, la derrota de los guevarismos, y el repliegue de los intelectuales latinoamericanos, los poderosos no necesitaban más las dictaduras militares, no mucho más en todo caso, para frenar los entusiasmos izquierdistas. ¡Olé!, viene la democratización. Sin duda, vivir en un país pos-dictadura militar era inmensamente más agradable que vivir en los cárceles o en el exilio. Pero, visto con más cuidado, los "vivas" para la democratización en América Latina fueron un poco exageradas. Con esta democratización parcial (incluidas las amnistías para los verdugos) venían los ajustes à la FMI y la necesidad para los pobres de apretarse los cinturones aún mas. Y debemos notar que si en los años 70 la lista de los NICs principales incluía normalmente México y Brasil, al lado de Corea y Taiwan, en los años 80 México y Brasil desaparecían de estas listas, dejando solos a los cuatro dragones de Asia Oriental.

Vino después el choque de la caída de los comunismos. El repliegue de los años 70 y 80 pasó a ser la fuga desordenada de los años 90. Una gran parte de los izquierdistas de ayer se convertían en heraldos del mercado y los que no seguían este camino buscaban ansiosamente senderos alternativos. Rechazaban, sin duda, los senderos luminosos, pero no querían renunciar a la posibilidad de alguna, cualquier luminosidad. Desgraciadamente, no fue fácil encontrarla.

Para no desmoronarse frente al júbilo de una derecha mundial resucitada, que se felicita de la confusión de las fuerzas populares en todas partes, debemos analizar con ojos nuevos, o al menos nuevamente abiertos, la historia del sistema- mundo capitalista de los últimos siglos. ¿Cuál es el problema principal de los capitalistas en un sistema capitalista? La respuesta es clara: individualmente, optimizar sus beneficios y, colectivamente, asegurar la acumulación continua e incesante de capital. Hay ciertas contradicciones entre estos dos objetivos, el individual y el colectivo, pero no voy discutir eso aquí. Voy a limitarme al objetivo colectivo. ¿Cómo hacerlo? Es menos obvio de lo que se piensa a menudo. Los beneficios son la diferencia entre los ingresos para los productores y los costes de producción. Evidentemente, si se amplía el foso entre los dos, aumentan los beneficios. Luego, ¿si se reduce los costes, aumentan los beneficios? Lo parece, a condición de que no afecte la cantidad de ventas. Pero, sin duda, si se reduce los costes, es posible que se reduzcan los ingresos de los compradores potenciales. De otra parte, ¿si se aumenta los precios de venta, aumentan los beneficios? Lo parece, a condición de que no afecte la cantidad de ventas. Pero, si se aumenta los precios, los compradores potenciales pueden buscar otros vendedores menos caros, si existen. ¡Claro que las decisiones son delicadas!

No son, además, los únicos dilemas. Hay dos variedades principales de costes para los capitalistas: los costes de la fuerza de trabajo (incluso la fuerza de trabajo para todos los insumos) y los costes de transacciones. Pero lo que reduce los costes de fuerza de trabajo podría acrecentar los costes de transacciones y vice versa. Esencialmente, es una cuestión de ubicación. Para minimizar los costes de transacciones, es menester concentrar los actividades geográficamente, es decir, en zonas de altos costes de fuerza de trabajo. Para reducir los costes de fuerza de trabajo, es útil dispersar las actividades productivas, pero inevitablemente eso afecta negativamente los costes de transacciones. Por lo tanto, desde hace por lo menos 500 años, los capitalistas reubican sus centros de producción de acá para allá, cada 25 años más o menos, en correlación esencial con los ciclos de Kondratieff. En los fases A, priman los costes de transacciones y hay centralización, y en los fases B, priman los costes de fuerza de trabajo y hay la fuga de fábricas.

El problema se complica aún más. No es suficiente ganar los beneficios. Debe hacerse lo necesario para guardarlos. Son los costes de protección. ¿Protección contra quienes y contra qué? Contra los bandidos, por supuesto. Pero también, y sin duda más importante, contra los gobiernos. No es tan obvio cómo protegerse contra los gobiernos si se es capitalista de un nivel un poco interesante, porque necesariamente un tal capitalista trata con múltiples gobiernos. Podría defenderse contra un gobierno débil (dónde se ubican fuerzas de trabajo baratos) por la renta (colectiva, es decir los impuestos; e individual, es decir el soborno) y/o por la fuerte influencia de los gobiernos centrales sobre los gobiernos débiles, pero por ella los capitalistas tienen que pagar una otra renta. Es decir, a fin de reducir la renta periférica, deben pagar una cierta renta central. Para protegerse contra el robo de los gobiernos, deben sostener financieramente los gobiernos.

Finalmente, para hacer ganancias mayores y no menores, los capitalistas necesitan monopolios, por lo menos monopolios relativos, al menos monopolios en ciertos rincones de la vida económica, por algunas décadas. ¿Y cómo obtener estos monopolios? Claro que toda monopolización exige un rol fundamental de los gobiernos, sea legislando o decretando, sea impidiendo a otros gobiernos legislar o decretar. De otro lado, los capitalistas deben crear los canales culturales que favorezcan tales redes monopolísticas, y para eso necesitan el apoyo de los creadores y mantenedores de patrones culturales. Todo esto resulta en costes adicionales para las capitalistas.

A pesar de todo esto (o tal vez a causa de todo esto), es posible ganar magníficamente, como puede verse estudiando la historia del sistema-mundo capitalista desde sus principios. Sin embargo, en el siglo XIX aparecía una amenaza a esta estructuración, que podía hacer caer el sistema. Con una centralización de producción acrecentada, emergía la amenaza de "las clases peligrosas," sobre todo en Europa Occidental y en la primera mitad del siglo XIX. En el lenguaje de la antigüedad, que fue introducida en nuestra armadura intelectual por la Revolución Francesa, hablamos del problema del proletariado.

Los proletariados de la Europa Occidental comenzaron a ser militantes en la primera mitad del siglo XIX y la reacción inicial de los gobiernos fue de reprimirlos. En este época el mundo político se dividía, principalmente, entre conservadores y liberales, entre los que denegaban por completo los valores de la Revolución Francesa y los que trataban, en el seno de un ambiente hostil, de recuperar su empuje para continuar la construcción de un estado constitucional, laico y reformista. Los intelectuales de izquierda, denominados demócratas, o republicanos, o radicales, o jacobinos, o algunas veces socialistas, no eran más que una pequeña banda.

Fué la revolución "mundial" de 1848 lo que sirvió como choque para las estructuras del sistema-mundo. Mostró dos cosas. La clase obrera era verdaderamente peligrosa y podía desbaratar el funcionamiento del sistema. En consecuencia, no era sabio ignorar todas sus reivindicaciones. De otro lado, la clase obrera no era lo bastante fuerte para hacer caer el sistema con sublevaciones casi espontáneas. Es decir, el programa de los reaccionarios fue auto destructor, pero lo mismo era el programa de los partidarios de conspiraciones izquierdistas. La conclusión a derecha y a izquierda fue esencialmente centrista. La derecha se decía que sin duda algunas concesiones deberían hacerse frente a las reclamaciones populares. Y la izquierda naciente se decía que debería organizarse para una lucha política larga y difícil a fin de llegar al poder. Entraba en escena el conservadurismo moderno y el socialismo científico. Seamos claros: el conservadurismo moderno y el socialismo científico son o llegaron a ser dos alas, dos avatares del liberalismo reformista, intelectualmente ya triunfante.

La construcción del estado liberal "europeo" (europeo en sentido amplio) fue el hecho político principal del siglo XIX y la contrapartida esencial de la ya consumada conquista europea del mundo entero y basada sobre el racismo teorizado. Llamo a esto la institucionalización de la ideología liberal como geocultura de la economía-mundo capitalista. El programa liberal para los estados del centro, estados en los cuales la amenaza de las clases peligrosas aparecía como inminente, sobre todo en el período 1848- 1914, fue triple. Primero, dar progresivamente a todo el mundo el sufragio. La lógica era que el voto satisfaría el deseo de participación, creando para los pobres un sentido de pertenencia a la "sociedad" y, de ese modo, no exigirían mucho más. Segundo, aumentar progresivamente los ingresos reales de las clases inferiores a través del bienestar estatal. La lógica era que los pobres estarían tan contentos de cesar de vivir en la indigencia, que aceptarían quedar más pobres que las clases superiores. Los costes de esas transferencias de plusvalía serían menores que los costes de insurrecciones y en todo caso serían pagados por el Tercer Mundo. Y tercero, crear la identidad nacional y también trans-nacional blanco-europea. La lógica era que las luchas de clases serían sustituidas por las luchas nacionales y globales raciales y de esa manera las clases peligrosas de los países del centro se ubicarían en el mismo lado que sus elites.

Debemos reconocer que este programa liberal fué un éxito enorme. El estado liberal logró la doma de los clases peligrosas en el centro, es decir, de los proletariados urbanos (incluso si éstos estaban bien organizados, sindicalizados y politizados). El célebre consentimiento de éstos a las políticas nacionales de guerra en 1914, es la más evidente prueba del fin de la amenaza interna para las clases dominantes.

Sin embargo, en el momento mismo en que se resolvía ese problema, para los poderosos surgía una otra amenaza de otras clases peligrosas, las clases populares del Tercer Mundo. La revolución mexicana de 1910 fué una señal importante, pero seguramente no la única. Pensemos en las revoluciones en Afganistán, Persia y China. Y pensemos en la revolución de liberación nacional rusa, que fue esencialmente una revolución por pan, por tierra, pero ante todo, por la paz, es decir, con el fin de no seguir una política nacional que servía principalmente los intereses de las grandes potencias de Occidente.

¿Se diría que todas estas revoluciones, incluso la mexicana, fueron ambiguas? Cierto, pero no existen revoluciones no ambiguas. ¿Se diría que todas estas revoluciones, incluso la mexicana, fueron finalmente recuperadas? Cierto, pero no existe revoluciones nacionales que no fueran recuperadas al seno de este sistema-mundo capitalista. No es esta la cuestión interesante.

Desde el punto de vista de los poderosos del mundo, la posible sublevación global de los pueblos periféricos y descuidados constituía una grave amenaza para la estabilidad del sistema, al menos tan grave como la posible sublevación europea de los proletariados. Tenían que tomar cuenta de eso y decidir cómo hacerle frente. En especial, porque los bolcheviques en Rusia se presentaban, para la izquierda mundial, como un movimiento de vuelta hacia una posición verdaderamente antisistémica. Los bolcheviques afirmaban que la política "centrista" de los socialdemócratas debería ser descartada. Querían encabezar una sublevación global renovada.

El debate derecha-centro sobre el método de combatir las clases peligrosas se repetía. Como lo hizo en el caso de los proletariados europeos en la primera mitad del siglo XIX, la derecha de nuevo favorecía la represión, pero esta vez en forma racista-popular (es decir, el fascismo). El centro favorecía la reforma recuperadora. El centro fue encarnado por dos líderes sucesivos en los Estados Unidos, Woodrow Wilson y Franklin Delano Rossevelt, que adaptaron las tácticas decimonónicas del liberalismo a la nueva escena mundial. Woodrow Wilson proclamó el principio de la autodeterminación de los pueblos. Este principio fue el equivalente global del sufragio nacional. Una persona, un voto; un pueblo, un país soberano. Como en el caso del sufragio, no se pensaba dar todo a todos inmediatamente. Para Wilson, esa fue, más o menos, la salida para la desintegración de los imperios derrotados austro-húngaro, otomano y ruso. No intentó aplicarlo al Tercer Mundo, como es obvio, pues el mismo Wilson fue quien intervino en México para vencer a Pancho Villa. Pero en 1933, con la Política del Buen Vecino, Roosevelt incluyó, al menos teóricamente, la América Latina. Y en la Segunda Guerra Mundial, extendió la doctrina a los imperios oeste-europeos en desintegración, aplicándolo primeramente al Asia y más tarde al África y al Caribe.

Además, cuando Roosevelt incluía en sus Cuatro Libertades "la libertad de la necesidad" ("freedom from want"), hablaba de la redistribución de la plusvalía. Pero no fue muy específico. Unos años después, su sucesor Truman proclamó en su Discurso Inaugural cuatro prioridades nacionales. El único que recordamos fue el celebre Punto Cuatro, que dijo que los Estados Unidos debe "lanzarse en un programa nuevo y audaz" de ayudar a los países "subdesarrollados." Comenzó lo que era el equivalente del estado de bienestar a nivel nacional, esto es, el desarrollo del Tercer Mundo a través de un keynesianismo mundial.

Este programa liberal mundial patrocinado por los Estados Unidos, poder hegemónico, fue también un éxito enorme. Sus razones se remontan a 1920, al Congreso de Bakú, convocado por los bolcheviques. En el momento en que Lenin y los otros vieron que era imposible impulsar a los proletariados europeos hacia una verdadera vuelta a la izquierda, decidieron no esperar a Godot. Giraron hacia el Oriente, hacia los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo como aliados para la supervivencia del régimen soviético. A las revoluciones proletarias las substituían efectivamente las revoluciones anti-imperialistas. Pero con eso aceptaron lo esencial de la estrategia liberal-wilsoniana. El anti- imperialismo fue un vocabulario más fanfarroneado y más impaciente que la misma autodeterminación de los pueblos. Desde este momento, los bolcheviques se transformaron en el ala izquierda del liberalismo global. Con la Segunda Guerra Mundial, Stalin prosiguió este camino más allá. En Yalta aceptó un rol limitado y consagrado en el seno del sistema que los Estados Unidos pensaba crear en el período de posguerra. Y cuando en los años cincuenta y después, los soviéticos predicaban la "construcción socialista" de esos países, en el fondo utilizaban un vocabulario más fanfarroneado y más impaciente para el mismo concepto de desarrollo de los países subdesarrollados, predicado por los Estados Unidos. Y cuando, en Asia y África, una colonia después de otra podía obtener su independencia, con luchas de una facilidad variable, fue con el consentimiento tal vez oculto y todavía prudente, pero no obstante importante, de los Estados Unidos.

Cuando digo que la estrategia liberal mundial fue un gran éxito, pienso en dos cosas. Primero, entre 1945 y 1970, en la gran mayoría de países del mundo, los movimientos herederos de los temas de la Vieja Izquierda del siglo XIX llegaron al poder, utilizando varias etiquetas: comunista, alrededor de la Unión Soviética; movimientos de liberación nacional, en África y Asia; socialdemócrata, en Europa occidental; populista, en América Latina. Segundo, el resultado del hecho de que tantos movimientos de la Vieja Izquierda hayan llegado al poder estatal, fue una euforia debilitadora y, al mismo tiempo, también la entrada de todos estos movimientos en la maquinaria del sistema histórico capitalista. Cesaron de ser anti sistémicos y pasaron a ser pilares del sistema sin dejar de gargarizar un lenguaje izquierdista, esta vez con lengua de madera (langue de bois). Ese éxito, por tanto, fue más frágil de lo que pensaban los poderosos, y en todo caso no fue tan destacado como la recuperación de la clase obrera blanca- occidental. Hubo dos diferencias fundamentales entre las situaciones nacionales de los países del centro y la del sistema-mundo globalmente. El coste de una distribución nacional ampliada de la plusvalía a los obreros occidentales no fue enorme como porcentaje del total mundial y pudo ser pagado en gran parte por las clases populares del Tercer Mundo. Hacer una redistribución significativa hacia las poblaciones del Tercer Mundo, por el contrario habría tenido que ser pagado necesariamente por los poderosos y eso habría limitado gravemente las posibilidades de una acumulación de capital en el futuro. De otra parte, fue imposible utilizar la carta del racismo para integrar los pueblos de color en el sistema-mundo. Si todo el mundo era considerado como "nosotros" ¿quién iba a ser el otro a denegar y despreciar? El desprecio racial hacia afuera había sido un elemento crucial en la construcción de la lealtad de los obreros de sangre privilegiada hacia sus naciones. Pero esta vez, no existía un Tercer Mundo para el Tercer Mundo.

El año 1968 marcó el comienzo de un desmoronamiento rápido de todo lo que los poderosos han erigido en el sistema-mundo con la geocultura liberal después de 1945. Dos elementos concurrían. El alza fenomenal de la economía-mundo alcanzó sus límites e íbamos a entrar en la fase-B de nuestro ciclo Kondratieff actual. Políticamente, habíamos llegado a la cima de los esfuerzos anti sistémicas mundiales Vietnam, Cuba, el comunismo con rostro humano en Checoeslovakia, el movimiento de poder negro en los Estados Unidos, los inicios de la revolución cultural en China, y tantos otros movimientos no previstos en los años cincuenta. Eso culminaba con las revoluciones de 1968, revoluciones sobre todo estudiantiles, pero no exclusivamente, en muchos países.

Vivimos después las consecuencias de la ruptura histórica generada por esta segunda revolución mundial, una ruptura que ha tenido sobre las estrategias políticas un impacto tan grande como el impacto de la primera revolución mundial, que fue esa de 1848. Claro que los revolucionarios han perdido en lo inmediato. Los múltiples incendios impresionantes a través del mundo durante tres años, se extinguieron para terminar en la creación de varias pequeñas sectas maoizantes que murieron pronto.
Sin embargo, 1968 dejó heridas y agonizantes dos víctimas: la ideología liberal y los movimientos de la Vieja Izquierda. Para la ideología liberal, el golpe el más serio fue la pérdida de su rol como la única ideología imaginable de la modernidad racional. Entre 1789 e 1848, el liberalismo existía ya, pero solamente como una ideología posible, confrontado por un conservadurismo duro y un radicalismo naciente. Entre 1848 e 1968, a mi juicio, como vengo de afirmar, el liberalismo llegó a ser la geocultura del sistema-mundo capitalista. Los conservadores y los socialistas (o radicales) se han convertido en avatares del liberalismo. Después de 1968, los conservadores y los radicales han retrocedido a sus actitudes anteriores a 1848, negando la validad moral del liberalismo. La Vieja Izquierda, comprometida con el liberalismo, hizo esfuerzos valientes para cambiar de piel, adoptando un barniz de Nueva Izquierda, pero no lo logró en realidad. Más bien, ha corrompido los pequeños movimientos de la Nueva Izquierda, mucho más de lo que ellos misma pudieran realmente convertir la Vieja Izquierda. Seguía inevitablemente el decline global de los movimientos de la Vieja Izquierda.

Al mismo tiempo, sufríamos los azares de una fase-B de un ciclo Kondratieff. No es necesario rememorar ahora los itinerarios en detalle. Recordemos únicamente dos momentos. En 1973 la OPEP lanzó el alza de los precios del petróleo. Observemos las varias consecuencias. Fue una bonanza en renta para los países productores incluso en América Latina, México, Venezuela y Ecuador. Fue una bonanza para las empresas transnacionales de petróleo. Fue una bonanza para los bancos transnacionales en los cuales fue depositada la renta no gastada en seguida. Ayudaba, por un cierto tiempo, a los Estados Unidos en su competencia con la Europa Occidental y con el Japón, porque los Estados Unidos era menos dependiente de la importación de petróleo. Fue un desastre para todos los países del Tercer Mundo y del bloque comunista que no fueran productores de petróleo. Los presupuestos nacionales cayeron en déficits dramáticos. Complicó las dificultades de los países centrales reduciendo aún más la demanda global para sus productos.

¿Cuál fue el resultado? Hubo dos etapas. Primeramente, los bancos transnacionales, con el apoyo de los gobiernos centrales, ofrecían energéticamente empréstitos a los gobiernos pobres en situaciones desesperadas, e inclusive a los propios gobiernos productores de petróleo. Claro que los gobiernos pobres cogieron este salvavidas para mantenerse contra la amenaza de tumultos populares y los gobiernos productores de petróleo se aprovecharon de la oportunidad de "desarrollarse" rápidamente. Al mismo tiempo, estos empréstitos redujeron los problemas económicos de los países centra-les aumentando su posibilidad de vender sus productos en el mercado mundial.

La única pequeña dificultad con esta bella solución era que había que reembolsar los empréstitos. En unos años, el interés compuesto de las deudas llegó a ser un porcentaje enorme de los presupuestos anuales de los países deudores. Fue imposible controlar ese sumidero galopante de los recursos nacionales. La Polonia debe su crisis de 1980 a este problema. Y en 1982 México anunció que no podía continuar pagando como antes.

Tal crisis de la deuda perduró en la prensa unos años y luego esa prensa la olvidó. Para los países endeudados, sin embargo, la crisis perdura todavía, no solamente como una carga presupuestaria, sino como un castigo en la forma de las exigencias draconianas del FMI que fueron impuestos sobre estos estados. El nivel de vida en todos estos estados ha caído, sobre todo para el estrato pobre que es un 85-95% de la población.

Quedaron los dilemas de una economía-mundo en estancamiento. Si no era posible atenuar más este estancamiento mundial con los empréstitos de países pobres, era necesario hallar en los años ochenta otros expedientes. El mundo financiero-político ha inventado dos. Un nuevo prestador se presentó, los Estados Unidos que, bajo Reagan, practicaba una política keynesiana ocultada. Como lo sabemos, la política de Reagan ha sostenido ciertas grandes empresas estadounidenses y ha limitado el desempleo, pero acentuando la polarización interna. Así ha ayudado a sostener los ingresos en Europa Occidental y Japón. Pero evidentemente el mismo problema iba a presentarse. El interés sobre la deuda empezaba a ser demasiado pesado. De nuevo sobrevino una crisis de deuda nacional. Los Estados Unidos se hallaron en una situación tan desconcertante, que para jugar el rol de líder militar del mundo en la Guerra del Golfo en 1991, fue necesario que Japón, Alemania, Arabia Saudita y Kuwait pagan lo esencial de los gastos. ¡Sic transit gloria !. A fin de impedir un poco un ocaso precipitado que estaba en marcha, los Estados Unidos recurren a la solución FMI, infligiéndose su proprio castigo. Se llama "El Contrato para América." Exactamente como insiste el FMI para los países pobres, los EE.UU. están reduciendo el nivel de vida de los pobres, sin perjuicio de mantener, inclusive aumentar, las posibilidades de acumulación para una minoría de la población.

El segundo expediente resultó del hecho que un aspecto fundamental de toda fase-B de los ciclos Kondratieff, es la dificultad acentuada de obtener grandes beneficios en el sector productivo. O para ser más precisos, la fase B se caracteriza, se explica, por la restricción de beneficios. Eso no llega a ser un obstáculo para un gran capitalista. Si no hay un margen suficiente de beneficios en la producción, se vuelve hacia el sector financiero para sacar ganancias de la especulación. En las decisiones económicas de los años ochenta, vemos que esto se traducía en el fenómeno del súbito control (takeover) de grandes corporaciones por medio de los llamados "junk bonds" o bonos ilícitos. Visto desde el exterior, lo que sucede es que las grandes corporaciones se están endeudando, con la misma consecuencia, en el corto plazo, para la economía-mundo, una inyección de actividad económica que constituye una lucha contra el estancamiento. Pero luchan con las mismas limitaciones. Deben pagar las deudas. Cuando eso se muestra imposible, la empresa va a la bancarrota o entra un "FMI privado" que impone la restructuración, es decir, la despedida de empleados. Lo que ocurre muchísimo en estos días.

De estos acontecimientos tristes, casi indecentes, de los años 1970-1995, ¿qué conclusiones políticas han sacado las masas populares? Me parece obvio. La primera conclusión que han sacado es que la perspectiva de reformas graduales que permitirían la eliminación del foso rico-pobre, desarrollado-subdesarrollado, no es posible en la situaciòn actual y que todos los que lo habían dicho fueron ya sea mentirosos o ya sea manipuladores. Pero, ¿quiénes fueron estos? Ante todo, fueron los movimientos de la Vieja Izquierda.

La revolución de 1968 ha sacudido la fe en el reformismo, incluso el tipo de reformismo que se llamaba revolucionario. Los veinticinco años posteriores de eliminación de las ganancias económicas de los años 1945-1970, destruyeron las ilusiones que aún persistían. País tras país, el pueblo dio un voto de no-confianza a los movimientos herederos de la Vieja Izquierda, sea populista, sea de liberación nacional, sea social-demócrata, sea leninista. El derrumbe de los comunismos en 1989 fue la culminación de la revolución de 1968, la caída de los movimientos que pretendían ser los más fuertes y los más militantes. Su pérdida de apoyo popular fue ultra-dramático y para muchas personas, incluso evidentemente para muchos intelectuales de las Américas, fue un desarreglo de toda una vida mental y espiritual.

Los coyotes del capitalismo han gritado victoria. Pero los defensores más sofisticados del sistema actual sabían mejor. La derrota del leninismo, y es una derrota definitiva, es un catástrofe para los poderosos. Eliminó el último y mejor escudo político, su única garantía, como fue el hecho de que las masas creyeran en la certidumbre de un éxito del reformismo. Y en consecuencia, ahora esas masas no están más dispuestas a ser tan pacientes como en el pasado. La caída de los comunismos es un fenómeno muy radicalizante para el sistema. Lo que se derrumbó en 1989 fue precisamente la ideología liberal.

Lo que proporcionaba el liberalismo a las clases peligrosas fue sobre todo la esperanza, o mejor la seguridad del progreso. Fue una esperanza muy materialista, todo el mundo finalmente tendrá un nivel de vida confortable y saludable, una educación, una posición honorable para sí mismo y sus descendientes. Lo fue prometido si no para hoy, pues en un próximo mañana. La esperanza justificaba las demoras, a condición de que hubiera ciertas reformas gubernamentales visibles y alguna también visible actividad militante de parte de los que esperaban. Mientras tanto, los pobres trabajaron, votaron, y sirvieron en los ejércitos. Es decir, hicieron funcionar el sistema capitalista.

Empero, si debían perder esta esperanza, ¿qué harían las clases peligrosas? Lo sabemos, porque lo vivimos actualmente. Renuncian a su fe en los estados, no únicamente en el estado en manos de los "otros," sino en todo estado. Llegan a ser muy cínicos en lo que concierne los políticos, los burócratas y también respecto de los líderes llamados revolucionarios. Empiezan a abrazar un anti-estatismo radical. Es poco menos que querer hacer desaparecer los estados que no dan ninguna confianza. Podemos ver esta actitud a través del mundo en el Tercer Mundo, en el mundo ex socialista, así como también en los países centrales. ¡En los Estados Unidos lo mismo que en México!

¿Están contentas, la gente ordinaria, con esta nueva postura? Tampoco. Al contrario, tienen mucho miedo. Los estados fueron sin duda opresivos, desconfiables, pero fueron también, al mismo tiempo, fuentes de seguridad cotidiana. En ausencia de fe en los estados, ¿quiénes van garantizar la vida y la propiedad personal? Llega a ser necesario retornar al sistema pre-moderno: debemos proveernos de nuestra propia seguridad. Funcionamos como la policía, el recaudador de impuestos y el maestro escolar. Además, porque es difícil asumir todas estas tareas, nos sometemos a "grupos" construidos de múltiples maneras y con varias etiquetas. Lo nuevo no es que estos grupos se organicen, sino que comiencen a asumir las funciones que otrora pertenecían a la esfera estatal. Y al hacer eso, las poblaciones están menos y menos listas a aceptar lo que los gobiernos les impongan para estas actividades. Después de cinco siglos de fortalecimiento de los estructuras estatales, en el seno de un sistema interestatal también en fortalecimiento continuado, vivimos actualmente la primera gran retracción del rol de los estados y necesariamente por tanto también del rol del sistema interestatal.

No es algo menor. Es un terremoto en el sistema histórico del cual somos participantes. Estos grupos a los cuales nos sometemos representan una cosa muy distinta de las naciones que construíamos en los dos últimos siglos. Los miembros no son "ciudadanos," porque las fronteras de los grupos no son definidos jurídicamente sino míticamente, no para incluir sino para rechazar.

¿Es esto bueno o malo? ¿Y para quiénes? Desde el punto de vista de los poderosos, es un fenómeno muy volátil. Desde el punto de vista de una derecha resucitada, da la posibilidad de erradicar el estado de bienestar y permitir el florecimiento de los egoísmos de corta duración ("après moi le déluge !"). Desde el punto de vista de las clases oprimidas, es una espada de doble filo y tampoco están seguras de si deberían luchar contra la derecha porque sus proposiciones les hacen daños inmediatos graves o apoyar la destrucción de un estado que les ha defraudado.

Pienso que el colapso de la fe popular en la inevitabilidad de una transformación igualitarizante es el más serio golpe para los defensores del sistema actual, pero seguramente no es el único. El sistema-mundo capitalista está desagregándose a causa de un conjunto de vectores. Podríamos decir que esta desagregación es muy sobre determinada. Voy a discutir brevemente algunos de estos vectores inquietantes para el funcionamiento del sistema-mundo.

Antes de hacerlo, debo decir que no se presenta como un problema de tecnología. Algunos sostienen que el proceso continuo de mecanización de la producción resultará en la eliminación de empleos posibles. No lo creo. Podemos todavía inventar otras tareas para la fuerza de trabajo. Otros declaran que la revolución informática acarreará un proceso de globalización que en sí hace caduco el rol de los estados. No lo creo tampoco, porque la globalidad ha sido elemento esencial de la economía-mundo capitalista desde el siglo XVI. No es nada de nuevo. Si estos fueron los únicos problemas de los capitalistas en el siglo XXI, estoy seguro que podrían hacer lo necesario a fin de mantener el impulso de la acumulación incesante de capital. Hay cosas peores.

Primeramente, para los empresarios hay dos dilemas que son casi imposibles de resolver: la des ruralización del mundo y la crisis ecológica. Los dos son buenos ejemplos de procesos que van de cero a ciento por ciento y cuando llegan cerca de la asíntota, pierden valor como mecanismos de ajuste. Esto constituye la fase última de una contradicción interna.

¿Cómo ocurrió que el mundo moderno se haya des ruralizado progresivamente? Una explicación tradicional es que la industrialización exige la urbanización. Pero no es verdad. Todavía quedan industrias localizadas en las regiones rurales y hemos ya notado la oscilación cíclica entre la concentración y la dispersión geográfica de la industria mundial. La explicación es diferente. Cada vez que hay estancamiento cíclico en la economía-mundo, uno de los resultados al fin de estos períodos es una movilización acrecentada de los proletarios urbanos contra la declinación de su poder de compra. Así se crea una tensión que los capitalistas resisten, por supuesto. Sin embargo, la organización obrera aumenta y comienza a ser peligrosa. Al mismo tiempo, las reorganizaciones empresariales alcanzan un momento en que podrían relanzar la economía-mundo sobre la base de nuevos productos monopolizados. Pero falta un elemento, la demanda global suficiente.

Frente a esto, la solución es clásica: alzar los ingresos de los proletarios, sobre todo de los obreros calificados, incluso facilitar para algunos el ingreso en esas categorías. Del mismo golpe, resuelven los problemas de la tensión política y de la falta de demanda suficiente. Pero hay una contrapartida. El porcentaje de plusvalía que corresponde a los propietarios ha disminuido. Para compensar esta caída de plusvalía relativa, de nuevo existe una solución clásica: transferir algunos sectores de actividad económica que no son más muy rentables, hacia zonas donde hay una población rural importante, una parte de la cual podría ser atraída a nuevas localidades urbanas de producción, por salarios que representan para ellos un aumento de sus entradas familiares, pero que en la escena mundial representan costes de trabajo industrial mínimos. En efecto, a fin de resolver las dificultades recurrentes de los estancamientos cíclicos, los capitalistas fomentan cada vez una des ruralización parcial del mundo. Pero, ¿y si no hay más poblaciones a desruralizar? Hoy nos acercamos a esta situación. Las poblaciones rurales, todavía hace no mucho fuertes en la propia Europa, han desaparecido enteramente de muchas regiones del mundo y disminuyen en todas partes. Probablemente, son menos de 50% mundialmente hoy y dentro de 25 años la cifra va ser menos de 25%. La consecuencia es clara. No habrá nuevas poblaciones de bajo pago para compensar los salarios más elevados de los sectores proletarizados anteriormente. En efecto, el coste de trabajo aumentará mundialmente, sin que los capitalistas puedan evitarlo.

Lo mismo pasa con la ecología. ¿Por qué existe hoy una crisis ecológica? No es complicado explicarlo. A fin de maximizar los beneficios, hay dos recursos principales para un capitalista: no pagar demasiado a los obreros y no pagar demasiado por el proceso de producción. ¿Cómo hacer esto? De nuevo es obvio: hacerlo pagar en gran parte por "otros." Se llama "la externalización de costes." Hay dos métodos principales de externalizar costes. Uno es esperar que el estado pague por la infraestructura necesaria por la producción y la venta de los productos. La desagregación de los estados representa una amenaza aguda para esto. Pero el segundo y más importante método es no pagar los costes dichos ecológicos: por ejemplo, no reemplazar los bosques cortados o no pagar por la limpieza de desperdicios tóxicos.

Mientras existían otros bosques, o zonas aún no utilizadas, luego no toxificadas, el mundo y los capitalistas podían ignorar las consecuencias. Pero hoy tocan los límites de la externalización de costes. No hay más muchos bosques. Los efectos negativos de una toxificación excesivamente aumentada de la tierra, implican impactos serios y múltiples que nos anuncian los científicos avisados. Por eso han surgido movimientos verdes. Desde un punto de vista global, hay únicamente dos soluciones: hacer pagar los costes por los capitalistas; y/o aumentar los impuestos. Pero esto último es poco probable, dadas las tendencias de reducir el rol de los estados. Y lo primero implica una reducción seria en las ganancias de los capitalistas.

Hay otros vectores que representan dilemas, no para los empresarios, pero sí para los estados. Primero, la polarización socio-econòmica cada día más aguda del mundo corre parejas con la polarización demográfica del mundo. Cierto, hay una transformación demográfica en proceso desde 200 años al menos y ahora mismo toca por primera vez al África que en el período pos-1945 tenía la tasa de crecimiento la más alta del mundo. No obstante, aunque las tasas en general bajen, el foso entre el Norte, donde las tasas son a menudo negativas, y el Tercer Mundo, donde aún son altas, aún sigue ensanchándose. Si hay recuperación de la economía-mundo en el primer cuarto del siglo XXI, el foso económico ya se agrandará, porque la recuperación será fuertemente desigual.

La consecuencia es fácil de prever. Habrá un fuerte aumento de la migración Sur-Norte, legal o ilegalmente. No importa. No hay mecanismos posibles para terminarlo y aún limitarlo seriamente. Las personas que querrían venir al Norte son reclutadas entre los más capaces del Tercer Mundo y están determinadas a llegar. Habrá muchos empleos insuficientemente pagados para ellos. Por supuesto, habrá una oposición política xenófoba contra ellos, pero no bastará para cerrar las puertas.

Si al mismo tiempo el rol de los estados disminuye (y esto servirá también para permitir el aumento del número de migrantes), la integración económica de estos inmigrantes será limitada. Si la oposición política no logra frenar la entrada, probablemente logrará limitar los derechos políticos y sociales de los inmigrantes. En este caso, preveo lo siguiente: el número verdadero de inmigrantes "sureños" y sus descendientes inmediatos en los países del Norte será entre 10-35% por ciento de la población, si no más. Y esto no sólo en América del Norte y Europa Occidental, sino también en Japón. Al mismo tiempo, este 10-35% de la población más joven, mucho más pobre, y ubicado en barrios urbanos segregados de hecho, será una población obrera sin derechos políticos o sociales. Retornaremos a la situación de la Gran Bretaña y la Francia en la primera mitad del siglo XIX, aquella de proletariados que son clases peligrosas. Así se deshace doscientos años de recuperación liberal y esta vez sin posibilidad de repetir el guión. Preveo que las zonas de conflicto social las más intensas en el siglo XXI, no serán las Somalias y las Bosnias, sino las Francias y los Estados Unidos. ¿Las estructuras estatales ya debilitadas van a sobrevivir ese tipo de guerra civil?

Y si esto no fuera bastante, hay el problema de la democratización. ¿Problema, digo yo? ¡Sí, problema! La democratización no es una mera cuestión de partidos múltiples, sufragio universal y elecciones libres. La democratización es una cuestión de acceso igual a las verdaderas decisiones políticas y a un nivel de vida y a una seguridad social razonables. La democracia no puede coexistir con una gran polarización socio-económica, ni al nivel nacional, ni al nivel mundial. No obstante, existe una ola de sentimiento democratizador que se fortalece enormemente estos días. ¿Cómo se traduce ella? La prensa y los últimos heraldos del liberalismo anuncian que la democratización se muestra en la caída de varias dictaduras a través del mundo. Sin duda, esto representa un esfuerzo de democratizar estos países. Pero estoy un poco desengañado del éxito efectivo de estos cambios. Lo que es más interesante es la presión continua, no únicamente en el Sur, sino inclusive de modo más fuerte en los países del Norte, para aumentar los gastos para la salud, la educación, y la vida de los sectores retrasados. Pero esta presión agudiza, y muchísimo, los dilemas fiscales de los estados. La ola de democratización será la última clave en el ataúd ("nail in the coffin") del estado liberal. Vemos lo que pasa estos días en los Estados Unidos.

Para todas estas razones, el período frente a nosotros, los próximos 30-40 años, será el momento de la desintegración del sistema histórico capitalista. No será un momento agradable de vivir. Será un período negro, lleno de inseguridades personales, incertidumbres del futuro y odios viciosos. Al mismo tiempo, será un período de transición masiva hacia algo otro, un sistema (o unos sistemas) nuevo(s). Al decir esto, sin duda se preguntan Vds. porque les he dicho que les traigo un mensaje de esperanza.


Nos hallamos en una situación de bifurcación muy clásica. Las perturbaciones aumentan en todas direcciones. Están fuera de control. Todo parece caótico. No podemos, nadie puede, prever lo que resultará. Pero no quiere decir que no podemos tener un impacto sobre el tipo de nuevo orden que va ser construido al fin. Todo lo contrario. En una situación de bifurcación sistémica, toda acción pequeña tiene consecuencias enormes. El todo se construye de cosas infinitesimales. Los poderosos del mundo lo saben bien. Preparan de múltiple maneras la construcción de un mundo pos-capitalista, una nueva forma de sistema histórico desigual a fin de mantener sus privilegios. El desafío para nosotros, sociólogos y otros intelectuales y para todas las personas en pos de un sistema democrático e igualitario (los dos adjetivos tienen idéntico significado), es mostrarnos tan imaginativos como los poderosos y tan audaces, pero con la diferencia de que debemos vivir nuestras creencias en la democracia igualitaria, lo que no hacían nunca (o raramente) los movimientos de la Vieja Izquierda. ¿Cómo hacerlo? Es esto que debemos discutir hoy, mañana y pasado mañana. Es posible hacerlo, pero no existe una certidumbre sobre eso. La historia no garantiza nada. El único progreso que existe es aquello por lo cual luchamos con, recordémoslo, unas grandes posibilidades de perder. Hic Rhodus, hic salta. La esperanza reside, ahora como siempre, en nuestra inteligencia y en nuestra voluntad colectiva.